Hans Göpfert: Homenaje al IIMCh por sus 90 años

IIMCh al día
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Se presenta en este Newsletter la transcripción completa de su notable alocución realizada en el jueves minero del 24 de septiembre pasado.

Con ocasión del nonagésimo aniversario de nuestro Instituto, celebrado el pasado 29 de septiembre, el colega y presidente de la Comisión Copper 2022, Sr. Hans Göpfert, realizó un histórico y emotivo relato desde la creación del IIMCh el 29 de septiembre de 1930.

Estimado Presidente del IIMCh, miembros del directorio, autoridades que nos honran con su presencia, ejecutivos de empresas que nos acompañan en esta oportunidad, socios, colegas, amigos y amigas:

Se me ha concedido el privilegio de dirigirme a ustedes en esta ocasión, para rendir un homenaje a nuestro Instituto de Ingenieros de Minas de Chile con motivo de la celebración de su nonagésimo aniversario.

Corría el año 1930. El mundo estaba sumido en la Gran Depresión, cuyo desencadenamiento se identifica con el famoso Black Thursday el 24 de octubre de 1929, cuando la Bolsa de Valores de Nueva York colapsó a consecuencia de problemas estructurales de la economía que se venían arrastrando desde la Gran Guerra. Las exportaciones de Chile, lideradas por el salitre y el cobre, se derrumbaron; el famoso PIB (producto interno bruto) a la fecha se había reducido en un 14% y seguiría cayendo: el PIB en 1932 será solo la mitad de lo que había sido el de 1929. Por algo la Liga de las Naciones (que fue entidad precursora de las Naciones Unidas) declararía posteriormente que Chile había sido „el país del mundo más golpeado por la Gran Depresión“.

En el X Censo Nacional de Población de Chile que se realizó ese año, se constató que en el país vivían algo más de cuatro millones de personas, repartidos un 50% en zonas rurales y un 50% en zonas urbanas. Casi un 98 % de ellos se declaraban católicos. Un 56% eran „alfabetos“.

El Gobierno de Chile era encabezado por Carlos Ibáñez del Campo, quien fue electo en 1927 y había logrado acallar la oposición política designando a los integrantes del parlamento en lo que se llamó el Congreso Termal, instaurándose una virtual dictadura. En ese parlamento, elegido el 2 de marzo de 1930, había representantes de cinco agrupaciones políticas. En fin, como tanta Trivia histórica, fechas y nombres pueden ser olvidados, pero hay hechos de los que tal vez debamos aprender algo.

En cuanto al mundo de la creación artística, los íconos de la poesía chilena se encontraban esparcidos por el planeta: Gabriela Mistral en Norteamérica, Pablo Neruda en el sudeste asiático, Vicente Huidobro en Italia. Claudio Arrau ya estaba radicado y dando clases y conciertos en Alemania. Por su parte, Roberto Matta había entrado a estudiar Arquitectura en la Universidad Católica. Con respecto al sétimo arte, durante el mes de abril, en la sala Victoria de Santiago se había exhibido por primera vez una película sonora en Chile.

Para los amantes del balompié, en julio de ese año, Chile concurrió a la Primera Copa Mundial de Fútbol realizada en Montevideo, donde terminó 5° (entre 13 participantes). En ese campeonato se marcó el primer gol chileno en copa mundial. Fue convertido contra Méjico por Vidal (pero Carlos, no Arturo).

A comienzos de ese año 1930, había sido inaugurado el palacio presidencial del Cerro Castillo en Viña del Mar, como parte de las obras que promovió para el adelanto urbano de esa ciudad balneario el presidente Ibáñez, quien era partidario de un gobierno fuerte y que materializara iniciativas. En lo institucional, y siguiendo la formación del Cuerpo de Carabineros y de LAN en años previos, ese año se creó la Fuerza Aérea Nacional, precursora de la Fach.

Como se puede apreciar, un mundo de dulce y agraz, que en muchos aspectos se asemeja al que estamos presenciando hoy día, con logros importantes junto a grades incertidumbres y un futuro que permite pronósticos de todo tipo. ¿Cuántos se habrán aventurado exitosamente en 1930 a predecir tantos episodios extraordinarios como se producirían en el mundo y en Chile en las siguientes dos décadas (ni que hablar de un horizonte más largo)? – Entonces, permitámonos ser escépticos con los pronósticos catastróficos o exitistas que hoy nos proponen algunos de nuestros contemporáneos.

Fue en ese contexto, con una minería deprimida, una economía mundial en crisis, una institucionalidad republicana inestable y probablemente más dudas que certezas respecto al futuro, que hace nueve décadas, el 29 de setiembre de 1930, se fundó en los salones de la Sociedad Nacional de Minería el Instituto de Ingenieros de Minas de Chile. Concurrieron a la fundación 22 colegas, más otros 19 que adhirieron por correspondencia debido a que se encontraban trabajando lejos de Santiago. Se materializaba así un anhelo que venía sintiéndose en nuestra comunidad profesional desde hace más de una década.

Mucho ha pasado en estos 90 años en que el Instituto ha desarrollado su propósito dual de ser una organización que, por una parte, pretende servir de vínculo de unión de todos los Ingenieros de Minas del país; y que, por otra, intenta representar la opinión de estos en el fomento de la minería nacional y en la resolución de los problemas técnicos que la afectan.

Natural es que con motivo de la celebración de aniversarios sea ineludible dedicar algunas palabras al camino recorrido. No tanto para holgarse en fechas, nombres y eventos – los que son circunstanciales y, tal vez, prescindibles – sino que para intentar identificar en las raíces los impulsos y las corrientes que han dado fuerza al quehacer de nuestro Instituto y que han justificado la pretensión de sus fundadores de que pueda servir de vínculo de unión a todos los Ingenieros de Minas del país, proveyendo en forma autorizada orientación técnica a las instituciones encargadas de velar por el fomento de la industria minera, primera fuente de riqueza de Chile. El cronista se esfuerza por rescatar minuciosamente del olvido cada uno de los momentos, personajes y hechos que conforman la materialidad histórica de nuestro querido IIMCh, cual piedras talladas que constituyen sus figurados cimientos y muros. En cambio, el rol que se me ha asignado hoy a mí es el del amigo afectuoso que busca entender las motivaciones que han conducido a las fortalezas y precariedades en nuestro desempeño; con algo de indulgencia para no opacar el júbilo de la celebración y suficiente honradez para no traicionar el amistoso propósito.

Uno de los ejes que ha dado vigor al Instituto es la orientación hacia sus miembros. La definición de los requisitos para ingresar a nuestra institución ha variado a través de los años, en concordancia con la evolución que ha tenido lo que se entiende por esencial para la minería y el perfil relevante que se ha ido asignando a los profesionales que en ella se desempeñan. Siempre ha habido socios trabajando en diferentes localidades, interesados en variados temas profesionales, provenientes de entornos existenciales diversos, con visiones personales discrepantes. Sin embargo, hemos logrado, por encima de estas diferencias, trabajar en proyectos comunes, con lo que el Instituto ha logrado avanzar.

En ese sentido, por ejemplo, fue fundamental en su momento la existencia de núcleos regionales; la creación de comisiones de trabajo centradas en áreas temáticas específicas; la celebración en diferentes localidades de Chile de Convenciones que junto con las presentaciones profesionales tuvieran una significativa componente social; la instauración de reconocimientos para honrar a quienes se destacaran en su quehacer minero. Es así como en su larga historia, el Instituto ha tenido 15 núcleos profesionales regionales de diferente duración, en función de la localidad de residencia y trabajo de los colegas, así como del grado de entusiasmo con que asumieran su rol dentro del Instituto. En cuanto a diversidad profesional, el Instituto cuenta actualmente con comisiones que abordan temas de sustentabilidad de la industria, formación profesional, gestión energética e hídrica, procesamiento de concentrados, cultura minera, innovación y tecnología, entre otras. Pero sin duda la principal actividad de integración de los socios han sido nuestras Convenciones profesionales, de las cuales, a través de los años y en forma casi ininterrumpida desde 1944, hemos realizado 69 en 17 localidades diferentes de Chile. Habitualmente durante estas convenciones se celebra la ceremonia en que anualmente se otorga la medalla al mérito a los colegas más destacados, el premio José Tomás Urmeneta a un logro empresarial o institucional meritorio, y la distinción al Profesional Distinguido a un innovador relevante. Además, el Instituto ha instaurado el reconocimiento Afecto Minero a los socios más apreciados por sus cualidades humanas; medallas a quienes cumplen 25 y 50 años de profesión; y los premios Brüggen, Domeyko, Scotto y Coudurier a los mejores egresados de universidades que forman profesionales para la minería. También contribuyó al vínculo entre los colegas la Asociación de Señoras de Ingenieros de Minas, que desde 1986 reúne a las cónyuges de los socios y cuyos bingos anuales muchos recordamos con afecto.

El enfoque hacia sus socios debe seguir siendo una prioridad para el Instituto. Tanto hacia los que ya lo son, como hacia los que, reuniendo los requisitos para incorporarse, aún no lo han hecho. Debemos tener espacio para cada uno de los profesionales de la ingeniería de minas, incluyéndolos en la diversidad del alcance de nuestros objetivos y misión. En sus primeros 20 años, el Instituto creció de los 41 miembros iniciales a 180, conservando un carácter casi familiar; hoy somos cerce de un millar, lo que representa un éxito estadístico a la vez que un desafío administrativo. Pero lo relevante debe ser que el IIMCh signifique algo para cada uno de sus socios, para que estos a su vez se comprometan con tareas y actividades que los interpreten y así se refuerce la identificación mutua.

En cuanto a encuentros profesionales, además de las Convenciones recién mencionadas, el Instituto ha organizado seminarios temáticos periódicos. Entre ellos destacan por su recurrencia, entre otros, los de Fundición y Refinería y los de Medio Ambiente y Sustentabilidad. A un nivel más ambicioso, se han realizado encuentros internacionales que permiten, a la vez que proyectar fuera de nuestras fronteras la actividad de los profesionales chilenos de la minería, congregar en nuestro suelo a expertos de renombre provenientes de otras latitudes, fortaleciendo así los vínculos profesionales en la minería dentro y fuera de Chile. Merecen destacarse el „Congreso Panamericano de Ingeniería y Minas y Geología“ de 1942, el „Congreso Latinoamericano de Minería y Metalurgia Extractiva“ de 1973, el „Congreso sobre Cobres Porfídicos“ organizado con motivo del cincuentenario de nuestro Instituto en 1980, y las conferencias Copper, en cuya organización colaboran actualmente con nosotros Canadá, Estados Unidos, Alemania, Japón, China, Sudáfrica y Perú. La primera de estas conferencias Copper se realizó en Viña del Mar en 1987; de las siguientes nueve, tres fueron organizadas por el Instituto (en 1995, 2003 y 2013) y también la undécima, en noviembre de 2022, se va a celebrar en Chile.

Otro aspecto relevante que ha dado satisfacciones al Instituto y a sus socios es la capacitación. Además de las convenciones nacionales e internacionales, que ya mencioné, y que han sido tal vez el medio más potente con que hemos contado para divulgar entre los colegas las buenas e innovadoras maneras de hacer de otros profesionales, el Instituto fue pionero en desarrollar cursos de capacitación sobre temas específicos, actividad que dejó de lado cuando corporaciones más especializadas en docencia se hicieron cargo de la tarea. Por otra parte, continuamente nuestra institución ha divulgado experiencias y vivencias de interés profesional en forma de charlas, desde la histórica primera de Ricardo Fenner en los salones de Sonami sobre Esquistos Bituminosos en 1933, hasta los actuales jueves mineros que, desde 2002, se desarrollan semana a semana en nuestra sede de Los Encomenderos (y ahora por vía telemática), las que nos reúnen en torno a un tema de interés y también, cuando eran presenciales, a una copa de vino.

Esta pandemia nos ha enseñado a valorar las conferencias por vía telemática, como esta. Y esa tecnología se va a quedar con nosotros, de modo que a futuro veremos cada vez más eventos de tipo remoto. Aprovechemos esa oportunidad para brindar continuamente más y mejores encuentros profesionales especializados a nuestros socios. Pero tampoco olvidemos que, por una parte, se deben entregar contenidos de relevancia y no solo en cantidad; y que, por otra, el encuentro personal, cara a cara con ese tú que es el colega amigo, es irremplazable en su valor emocional. Así lo han demostrado diferentes estudios sobre la salud síquica de nuestra población durante estos meses de home school y home office. De modo que, cuando las condiciones lo permitan, los eventos telemáticos deberán servir para complementar y enriquecer la oferta de encuentros profesionales presenciales que el Instituto entrega a la comunidad, pero no para reemplazarlos.

Como parte de su labor de capacitación y divulgación, tanto al interior como hacia la comunidad nacional que lo alberga, el Instituto ha realizado diferentes publicaciones. Entre ellas, se destaca la revista „Minerales“, que desde 1945 se ha venido editando ininterrumpidamente por 75 años, estando actualmente en circulación en versión digital su N° 293. Muchos han sido los que han colaborado con este medio, sea como editores o autores, y muchos más son los colegas, socios y estudiantes que se han beneficiado al disfrutar y aprender de sus páginas. Por otra parte, con ocasión de eventos particulares, el Instituto ha emitido folletos de divulgación (como por ejemplo las dos versiones de „La minería en Chile“ de 1973 y 1980), revistas especiales y, sobre todo, planteamiento de políticas públicas para nuestro sector. En este último ámbito, la iniciativa del Instituto ha dado lugar a opúsculos programáticos donde destacan, entre otros, „Hacia la definición e implementación de una política minera para Chile“ de 1985 y „Temas para una Política Minera Nacional“ de 1990.

En forma adicional, el Instituto, directamente o a través de su „Corporación Minería y Cultura“, ha publicado o patrocinado la publicación de varios libros que son de corte literario, técnico, histórico o biográfico y constituyen un registro invaluable para entender lo que ha sido y es el espíritu de nuestra minería. Su relato, tanto del punto de vista técnico, económico y político, como desde el de la esencia humana y vivencial, permite a veces profundizar aprendizajes y otras, disfrutar con vehemencia y nostalgia lo que para cada uno de nosotros es la aventura minera.

El mundo actual, con la inmediatez acelerada que ha acompañado a la digitalización en sus múltiples manifestaciones, presenta un desafío para la publicación de escritos profesionales: por una parte, es necesario entregar la información novedosa en el más breve plazo posible, antes que quede obsoleta por un nuevo desarrollo; por otra parte, debe quedar accesible para que su referencia futura permita seguir construyendo el progreso humano sobre ella. Claramente las clásicas bibliotecas con libros y colecciones cuidadosamente empastadas y ordenadas en anaqueles no responden a este doble desafío. El Instituto no está ni podrá estar ajeno a esta realidad, adecuado tanto sus publicaciones como su biblioteca a ella.

En múltiples ocasiones el Instituto ha dado su opinión a los poderes públicos, como por ejemplo a raíz de la creación de Enami, la fundación del Centro de Investigación Minera y Metalúrgica o la dictación del Código de Minería; o con motivo de las conclusiones a que llegaron sus integrantes tras deliberar en convenciones y eventos similares. Mención aparte merece la formulación a comienzos de la década pasada de un „Código para la Evaluación de Recursos y Reservas Minerales“ inspirado en documentos afines de otras jurisdicciones mineras como Canadá y Australia, entre otras. Este Código fue parte del esfuerzo del Instituto para que se institucionalizara en Chile la forma de certificar resultados de exploración, recursos y reservas mineras, lo que se logró a través de la ley 20235 de 2007 que creó la Comisión Minera, la cual adoptó como obligatorio para Chile el código elaborado por el Instituto.

No siempre el Instituto ha querido, podido o sabido entregar una opinión valiosa en los temas que afectan la industria minera de nuestro país. Y cuando lo ha hecho, el impacto no siempre ha sido el esperado. Sin embargo, debemos perseverar en buscar ser un referente en materias de las diferentes aristas – técnica, institucional, normativa y otras – de la política minera. Solo así haremos justicia al encargo que nos legaron nuestros fundadores, a la vez que complementaremos nuestra acción „hacia adentro“ sobre los socios con una imagen „hacia afuera“ sobre la comunidad en que estamos insertos. La legitimidad de una institución debe validarse día a día, y en ambos espacios, el interno y el externo, requiere permanente actualización.

No es necesario relatar más de los muchos jalones que adornan el pasado de nuestro Instituto y del que cada uno de los 39 presidentes que han orientado su quehacer, los cientos de integrantes de su Directorio, los esforzados y casi anónimos colaboradores de su cuerpo gerencial y administrativo a través de los años, y los innumerables socios que participaron en comisiones, eventos y publicaciones, pudo sentirse contento o decepcionado en su momento. El Instituto tiene una rica historia; lo importante es que también tenga un proyecto relevante. Las instituciones, al igual que los hombres, requieren un proyecto que permita contrarrestar el peso de la historia para evitar que esta los arrastre al abismo de la intrascendencia. Así como el esforzado escalador debe dejar atrás en algún momento el contenido de su mochila (que fue útil en cordadas anteriores, pero significa lastre innecesario para lo que sigue de trayecto) y lo abandona en lugar seguro por si requiere recuperarlo para otra jornada, así también los hombres y las instituciones deben desprenderse del peso de su historia para enfrentar nuevos desafíos, sabiendo dónde está la sabiduría de las vivencias pasadas, pero sin cargar con ella permanentemente.

Porque lo que corresponde es enfrentar los próximos 90 años del Instituto de Ingenieros de Minas de Chile, sustentándose en el pasado, pero sin quedar prisioneros de él. Y haciendo mejor aquello que percibimos como deficiente.

Siempre el futuro ha sido incierto, y así es el nuestro. Sin embargo, algunas conjeturas se pueden atrever. Somos testigos de una pandemia, y bajo su sombra, nacen mensajes apocalípticos y mesiánicos a la lumbre de visiones conspirativas y esotéricas. Pero lo cierto es que esta no es la primera emergencia global que ha enfrentado la humanidad; ha habido muchas, sean de tipo sanitario, militar, telúrico u otro. Y siempre tras emerger de la sombra de ellas, la humanidad ha retomado el derrotero que le es característico. ¿Por qué iba a ser distinto en esta ocasión? – Bajo esa premisa, las grandes tendencias que vive la minería, y con ella nuestro Instituto, se inscriben en algunos ejes característicos, que se han ido dibujando con cada vez mayor fuerza en la última década y que se profundizarán a futuro.

El primero es el de la tensionada relación de la minería con la comarca en que está localizado el respectivo emprendimiento. Desde hace tiempo las corporaciones transnacionales tienen un poder económico y real que supera largamente el de las comarcas en que se insertan sus proyectos; eventualmente incluso el de países enteros. Ello ha sido motivo de debates, ya que allana el camino para los abusos de poder y abre la puerta a la corrupción. Por otra parte, las comunidades se han ido empoderando al adquirir mayor conciencia de su propia fortaleza y de las ventajas o amenazas que significa un emprendimiento minero local. Aspectos de uso de suelo, agua, energía y otros pasaron a tener una connotación distinta a la que se les otorgaba ayer, lo que exige nuevas formas de comprender y actuar. Todos concuerdan que tanto la conducta arrogante de la empresa minera, como el bloqueo hostil por parte de las comunidades, terminan dañando el desarrollo territorial; pero las herramientas necesarias para superar estos comportamientos y lograr un desarrollo virtuoso de la minería parecen ser difíciles de implementar. En parte estas herramientas tienen que ver con generar confianzas mutuas basadas en transparencia, cumplimiento y empatía, virtudes que lamentablemente no siempre están presentes ni en la empresa y sus ejecutivos, ni en las organizaciones comunitarias y sus representantes, y que tampoco los poderes públicos han sabido potenciar.

En segundo lugar, está el medio ambiente. Quiero hacer un paralelo entre la forma en que las empresas mineras han enfrentado los temas de seguridad y salud ocupacional y los medioambientales. En materias de seguridad y salud ocupacional, hace más de 20 años se acuñó la frase o slogan que „la integridad física de los trabajadores constituye un valor y no una prioridad“. Puede ser que en ocasiones la conducta de tal o cual ejecutivo, supervisor u operario no obedezca a ese precepto y se traicione este valor; pero en términos generales sí nos estamos comportando conforme al slogan señalado. Y eso se refleja en un buen desempeño de las empresas y faenas mineras en este ámbito, como lo atestiguan los indicadores proactivos y reactivos correspondientes. En el tema medioambiental, en cambio, aún persiste en nuestro medio el enfoque del trade off y de la negociación con las autoridades, con lo que el patrimonio del entorno se conserva „en la medida de lo posible“; es decir, con cierta prioridad, pero no como un valor intransable. Es posible que esta diferencia de enfoque entre la seguridad ocupacional y la ambiental tenga que ver con la antigüedad que ambas preocupaciones tienen en nuestro consciente – recuérdese que la Ley de Bases del Medio Ambiente aún no cumple 30 años, a diferencia de la legislación sobre protección de la integridad física de los trabajadores que tiene raíces incluso en el período colonial. También es posible que la integridad física del trabajador se sienta como un derecho humano inalienable y absoluto, mientras que al medio ambiente solo se le respeta en la medida que debe seguir sirviendo a la especie humana. Puede haber además otras razones; pero no me cabe duda de que el futuro verá un rigor mucho mayor en la forma que los emprendimientos mineros controlan su interacción con el entorno. Y eso no porque sean forzados por iniciativas como Copper Mark o COP, sino que porque irán incorporando responsabilidad y trazabilidad como conceptos ancla en su gestión estratégica y operativa.

Dentro de este tema de la interacción de „homo con natura“, está incluido el tema no menor de la utilización responsable de los recursos naturales. En la actualidad, pocas son las voces que abogan por la recuperación plena de las sustancias de valor contenidas en un yacimiento. La mayoría se inclina por optimizar el retorno económico del emprendimiento, caracterizado habitualmente por el VAN a tasas de interés que hacen irrelevante lo que suceda en dos o tres décadas más. Ello conduce a dejar recursos remanentes deteriorados, a veces en la mina, otras en el desmonte o bien en el depósito de relaves; recursos cuya recuperación posterior eventualmente se vuelve imposible. No existe en nuestro país una legislación que regule este aspecto, al igual como no hay obligación de conservar el suelo fértil evitando su erosión por prácticas de riego inadecuadas. Pero no me extrañaría que temas de este tipo aparezcan más temprano que tarde en la agenda pública.

Hay dos verdades en conflicto que pueden conducir a una colisión para la que como país y como humanidad no estamos aún preparados. Por una parte, está la necesidad de más y mejores recursos naturales, en particular minerales, que demanda una sociedad ávida de progreso, oportunidades e inclusividad. Esta ola ha llevado a la minería, y con ella a nuestro país y al Instituto, al sitial que hoy día ocupa y que avala predicciones auspiciosas para las próximas décadas. Pero por otro lado está la finitud de nuestro territorio y de nuestros depósitos. En el terreno local, mucho se ha hablado que el país debe pasar de exportar minerales a exportar minería; en el ámbito mundial, están los planteamientos del Club de Roma y sus “limits of the growth“, los límites del crecimiento condicionados por la sobreexplotación de nuestro planeta. Hay quienes estiman que inquietudes de este tipo se asemejan a las predicciones malthusianas de comienzos del siglo 19 y que la historia volverá a demostrar que las visiones de este tipo están erradas; otros hacen proyecciones apocalípticas para el futuro próximo. Probablemente ninguno de ambos grupos tenga toda la razón; pero sin duda no será posible permanecer ad infinitum en un modelo exclusivamente extraccionista en el manejo de los recursos minerales.

En fin, en materia de cumplimiento de los objetivos de desarrollo sustentable – tanto de aquellos que ya han sido definidos como de otros que aún ni siquiera se enuncian – la minería vive y seguirá viviendo en un permanente esfuerzo de mejoramiento continuo. Y cada vez será más imperioso abordar estos desafíos de manera proactiva y no reactiva, como ha sido en muchas ocasiones la característica de nuestra industria.

Estamos siendo testigos de una vertiginosa evolución tecnológica que abarca todos los ámbitos, tanto los más “blandos“ como las comunicaciones, la automatización, la docencia y la gestión, hasta los más “duros“ como la producción de energía utilizable, el suministro de agua y la explotación y procesamiento de depósitos de metales, pasando por los temas de caracterización, optimización y control en los más diversos ámbitos. Virtualmente no hay aspecto que no se ha visto beneficiado o afectado por lo que se ha dado en llamar la cuarta revolución industrial; y lo más impactante es la velocidad con que se generan los desarrollos, volviéndolos obsoletos apenas ven la luz del día.
Este año hemos conocido, gracias a la pandemia, una multiplicación de aplicaciones que estaban latentes y que de pronto se instalaron en nuestra industria, nuestra casa y nuestra comunidad, haciendo palidecer lo que hace apenas unos lustros se consideraban utópicas proyecciones de ciencia-ficción. Es el futuro que llegó para quedarse y que exige una nueva comprensión del tiempo, del espacio y de los límites de la inteligencia humana.

Según los antiguos filósofos, nuestra capacidad de persuasión – esa herramienta tan insustituible para que las comunidades se puedan desarrollar pacíficamente – está condicionada por tres ámbitos: el de los hechos duros y el razonamiento analítico claro, el Logos (Razón en Griego), el de las emociones y la subjetividad, el Pathos (Pasión en Griego), y el de las convenciones de comportamiento compartidas, el Ethos (Ética en Griego). Los ingenieros nos vanagloriamos de vivir en el Logos, miramos en menos en nuestro quehacer profesional el Ethos, y solemos tener dificultades prácticas con el Ethos, aunque decimos, casi con jactancia, que condicionamos nuestra conducta a él. A la luz de lo que he dicho, parece que a futuro la máquina equiparará al hombre en lo que a Logos se refiere, con lo que en ese aspecto se diluirán las diferencias individuales. Deberemos pues rescatar y fortalecer nuestros recursos emocionales y subjetivos, así como definir y concordar un adecuado encuadre de comportamientos que nos permita desenvolvernos en un mundo distinto. Si bien las competencias emocionales y éticas, por así llamarlas, se desarrollan preferentemente en la infancia y adolescencia, es necesario reforzarlas a través de la vida adulta para mantenerlas vigentes y activas.

Hoy me quiero quedar con los ejes enunciados: la relación con la comarca, la integración en el entorno, la utilización responsable de los recursos, la finitud natural frente a las necesidades humanas ilimitadas, el cambio tecnológico digital más allá de lo que los más osados futurólogos del año 1930 pensaron, y nuestra conducta afectiva y relacional.

Y veo con cierta inquietud los nuevos Ingenieros de Minas y profesionales afines que nuestro sistema educativo está formando para insertarse en las empresas y organizaciones del sector minero y que nuestro Instituto acoge siempre con alegría. Sin duda estos nuevos colegas están mucho mejor preparados de lo que estábamos nosotros en nuestra época. Tienen información, herramientas y redes de contacto que eran impensables hace apenas unos pocos lustros. Pero los desafíos que les tocará enfrentar son inmensamente superiores a los que vivimos nosotros.

En mi opinión, los profesionales que requerirá la industria van a necesitar una base muy potente, no solo en ciencias de la ingeniería, como es tradicional, sino que también en ciencias relativas a lo biológico, social y político, además de sólidos enfoques emocionales y conductuales, para que puedan transformarse así en humanistas globales (y no meros tecnócratas excelsos) capaces de entender e interactuar en un mundo abierto, integral e inclusivo como el que albergará a la minería del futuro. Por otra parte, deberán contar con formación tecnológica interdisciplinaria multifacética, para apreciar los aportes, posibilidades y limitaciones de las innumerables innovaciones a las que se enfrentarán continuamente en su desempeño. Y, finalmente, estarán obligados a vivir en permanente capacitación para no quedar al margen del acelerado desarrollo social, tecnológico y valórico que les tocará vivir y modelar. A la luz de lo que veo, me parece que nuestro ecosistema minero en lo educativo, corporativo y público está al debe en comprender el desafío que este escenario representa y en asumir los cambios de modelos formativos, enfoques y planes que se requieren. No me refiero con ello a una modificación de currículos universitarios, sino que a un concepto de „eterno aprendizaje de excelencia“ necesario para que nuestros socios no solamente puedan vivir con la compleja dinámica de los múltiples cambios que deberán enfrentar, sino que para que sigan siendo los motores y promotores de estos cambios.

Queridos amigos, con motivo de este nonagésimo aniversario del Instituto de Ingenieros de Minas de Chile no corresponden las visiones lúgubres ante los desafíos, sino que la confianza que nos permita optar por un pronóstico optimista frente a este futuro de cambio en perpetua aceleración. Apostemos pues a que la sociedad chilena y su sistema formativo – desde la casa y el parvulario, pasando por los colegios hasta las universidades y postgrados – logrará desarrollar plenamente las capacidades naturales de nuestros futuros socios, que el Instituto sabrá motivarlos, que la industria podrá retenerlos y apoyarlos debidamente, y que las autoridades estarán conscientes y capacitadas para enmarcar eficazmente su quehacer. Los invito a que cada uno de nosotros haga su aporte para que este pronóstico se cumpla, a fin de que así nuestro Instituto durante los próximos 90 años continúe siendo el lugar de acogida y encuentro de los mejores profesionales de la minería, siguiendo la huella de nuestros antecesores.
Muchas gracias.

H. Göpfert / 24.09.2020